"No pinto el ser, pinto el pasar", dice Montaigne (Ensayos, III, 2), tal vez recordando a Heráclito. Todo está de paso por este lugar: lo mostrado, quien lo muestra, quien lo ve. Al fondo, la montaña Huangshan, en el corazón de China, por donde anduve deambulando hace unos años. Y conste que, si el título de este cuaderno está en francés, es solo porque en español ya estaba ocupado. En realidad, esa imagen, la montaña vacía, es un lugar común del taoísmo. ¿Y no son estos cuadernos, al fin y al cabo, un lugar común por donde todos transitamos? Lugares comunes, lugares ocupados, lugares vacíos.

viernes, 5 de octubre de 2012

It was 50 years ago today (5.10.1962)

Hace hoy cincuenta años, el 5 de octubre de 1962, se ponía en venta el primer disco publicado por los Beatles como grupo autónomo: el single "Love Me Do" / "P.S. I Love You". Sorprende pensar que la comercialización de este pequeño círculo de vinilo, entonces insignificante, haya cobrado con el tiempo una dimensión casi trascendental. Pero antes de examinar las circunstancias de ese nacimiento, recordemos sus antecedentes inmediatos.

Los dos ejemplares que un servidor posee del single originalLas diferencias en el sello muestran que corresponden a distintas tiradas del disco,
separadas por un intervalo de semanas. La cubierta de papel se presentó simultáneamente en estos dos diseños distintos.
El 6 de junio, en su primera visita a los estudios de EMI en Abbey Road, los Beatles, todavía con Pete Best a la batería, graban tomas de cuatro canciones, entre ellas "Love Me Do". El 16 de agosto, Best es expulsado del grupo, según se narra en otra página de este blog. El 18 de agosto, Ringo Starr, tras dejar a su grupo Rory Storm and the Hurricanes, toca por primera vez como miembro oficial de la banda en la localidad de Port Sunlight. El 22 de agosto, la cadena Granada TV filma el único documento visual conservado de una actuación de los Beatles en The Cavern, el local donde habrían de tocar 292 veces. Los técnicos hacen diversas filmaciones mudas y, en fecha posterior, varias grabaciones de sonido, una de las cuales se superpuso después a las imágenes para su difusión: se trata de la canción "Some Other Guy", y los detalles del proceso se explican aquí. El trauma de la sustitución del batería está reciente: al final de la grabación se oye a un aficionado gritar "We want Pete!". Al día siguiente, 23 de agosto, John Lennon se casa con su novia Cynthia Powell, después de que esta le ha comunicado que está embarazada de unas cuatro semanas. Julian nacería el 8 de abril de 1963. No se tomaron fotos en la boda, pero Cynthia hizo un dibujo. El 4 de septiembre, los Beatles realizan su segunda sesión de grabación, primera con Ringo, en los estudios londineses de EMI. Graban, entre otras cosas, varias tomas de "Love Me Do". El 11 de septiembre, tiene lugar la tercera sesión de grabación, esta vez con el batería Andy White, a quien el productor George Martin ha contratado por no haber quedado satisfecho con las prestaciones de Ringo una semana antes. "Love Me Do" queda concluida.


Fotograma de una de las filmaciones del 22 de agosto de 1962 en The Cavern
Ringo en los años con
Rory Storm and the Hurricanes
Cynthia a comienzos de los 60
Cynthia dibuja su boda, celebrada el 23 de agosto de 1962.
El padrino es Brian Epstein; los testigos, Paul y George.
Andy White
La sesión del 4 de septiembre de 1962

Dicen las historias que Paul compuso "Love Me Do" hacia 1958, a sus dieciséis añitos, mientras hacía novillos, y que después la concluyó con su compañero John, que aportó la sección intermedia. Es una canción sencilla y tersa de puro rythm and blues, pero también pudiera considerarse como el producto en miniatura de un vasto experimento, acaso no deliberado, de síntesis musical: una concepción lírico-amorosa convencional, pero mitigada por el marcado acento de blues, que se sostiene sobre la atrevida armónica de John; una estructura de rocker clásico, pero enriquecida por un ritmo lento y variado; una dicción dulce, ciertamente inspirada en el estilo de los Everly Brothers, pero dotada de mayor contundencia gracias a la complementariedad, al recíproco refuerzo tímbrico de las voces de John y Paul... El efecto de esta pócima, bajo su aparente inocencia, es drástico: seducción total. De hecho, combinados, los títulos de las dos canciones de este histórico single pueden leerse como una brevísima carta, entre admonitoria y premonitoria, dirigida por el grupo a su público, el ya adepto y el dispuesto a serlo, con un lacónico mensaje de intimación emocional: "Quiéreme mucho. Posdata: Yo te quiero a ti".

En este sentido, tiene "Love Me Do" un momento muy especial, que señala la originalidad de su expresión: el ruego que precede a la línea central, prolongado como un alarido exquisito de anticipación de placer: so plea-ea-ea-eaaaase... Es este un recurso que reaparece, más explícito y mitad falsetto, en "Please Please Me" (1963); y, ya con tintes de desesperación, en "Help!" (1965). La obvia resonancia sexual de esta súplica, estirada hasta lo imposible en un sonido a la vez agudo y armónico, mezcla de masculino y femenino, es marca de fábrica de los Beatles y, probablemente, buena muestra de los mecanismos en que basaron su todopoderosa capacidad de gustar. Pero no es un juego que caiga en fáciles histrionismos, sino que se complace en retozar con el oyente. Así, ante la inminencia de clímax en que se detiene ese grito, se produce un vacío inmenso y vertiginoso; y en ese espacio sin fondo se delinea nítidamente, surgido del silencio y en tono grave, el mensaje central, conminatorio: love me do. Parece que era John en un principio quien cantaba como solista, pero el hecho de que la primera nota de su frase de armónica coincidiera con la articulación de la sílaba do determinó que fuera Paul quien cantara en solitario la línea central. Y ahí está, asomándose a un abismo, como si saliera por una puerta a un escenario vacío para pronunciar una frase mágica ante la multitud. No es extraño que (en una de las versiones) le tiemble la voz, como él muy bien recuerda y nosotros podremos siempre oír.

El grupo posa, ya con cierta seguridad, durante la grabación del 4 de septiembre de 1962.
George tiene un ojo morado como consecuencia de una reyerta provocada entre los fans por la sustitución de Pete Best.
No nos extendamos mucho, pero recordemos que la historia de la grabación de “Love Me Do” tiene algo de rocambolesco y zigzagueante, debido fundamentalmente a las vicisitudes de la percusión, y que en muchos aspectos se contradicen los testimonios de sus protagonistas. En resumen, sabemos que, en la primera sesión de grabación realizada por los Beatles en EMI el 6 de junio, tocó la batería Pete Best. Esa es la versión que había de quedar inédita hasta publicarse, tanto en vinilo como en CD, en el primer bloque de la serie Anthology (1995). El 4 de septiembre, con Ringo a la batería, se realizaron las primeras tomas de la canción destinadas al disco. La mezcla de esta versión aparecería únicamente en los primeros miles de ejemplares impresos del single “Love Me Do” / “P.S. I Love You” y fue reproducida posteriormente en el disco estadounidense Rarities (1980), en el disco Past Masters, volume one (1988) y, más recientemente, en el CD Mono Masters (2009). La tercera versión corresponde a las grabaciones del 11 de septiembre, en las que Andy White toca la batería, y Ringo, a modo de consolación, la pandereta. Esta versión, más rápida y mejor resuelta, se imprimió en las tiradas siguientes del single y se incorporó al repertorio discográfico oficial al ser la elegida para figurar en el primer LP, Please Please Me (1963). Escuchar y percibir las diferencias entre estas versiones, desde nuestra perspectiva actual, forma parte del placer de rememorar y degustar aquellos comienzos algo vacilantes pero, por qué no decirlo, encantadores.

Con este disquito, aparentemente discreto e ingenuo, pero preñado ya de atisbos y signos reveladores, se iniciaba una auténtica revolución sonora. Era, sin saberlo, la primera pieza de un fabuloso caleidoscopio, y con ella empezaba a ensamblarse un legado que año tras año, década tras década, parece ensanchar su espacio en el canon cultural de los tiempos modernos. Pero apenas podía verse como algo más que un par de sencillas canciones de amor, hace hoy cincuenta años.

jueves, 16 de agosto de 2012

It was 50 years ago today (16.8.1962)


Hace hoy cincuenta años, el 16 de agosto de 1962, el joven y apuesto Pete Best, batería de los Beatles, se dirige a media mañana a la oficina que el manager del grupo Brian Epstein ocupa en su tienda de discos NEMS, en el centro de Liverpool. Allí ha sido convocado para hablar de algo que él presume referente a asuntos de gestión. Best ignora que su vida está a punto de cambiar de rumbo; o mejor dicho, que su vida va a cambiar para siempre por no seguir su rumbo previsible. Acaba de cumplir dos años con los Beatles, desde que el 12 de agosto de 1960, la víspera de la marcha del grupo a Hamburgo, fuera contratado a falta de batería fijo. Pero su relación con ellos venía de más atrás: un año antes de esa partida, los entonces Quarrymen, sin batería ninguno, habían inaugurado el Casbah Coffee Club, un local de música en vivo habilitado en el sótano de la casa de Mona Best, madre de Pete y a la sazón pareja de Neil Aspinall, que ya entonces era el conductor de la furgoneta. Con Pete los Beatles se han curtido en Alemania y han cosechado un éxito creciente en Liverpool y el Merseyside. Los hitos principales de su progresión son muy recientes: el 6 de junio han realizado, en la sede londinense de EMI, una sesión de grabación de prueba (en ella Best ha tocado la batería en la primera versión hoy audible de “Love Me Do”); y en julio Epstein ha firmado con EMI el ansiado contrato discográfico.

La tienda NEMS en los años 60
El edificio cuando lo fotografié en 2007

Por una vez, los testimonios directos de la entrevista (claro está, los de Epstein y Best) coinciden en lo esencial. En sus memorias, Epstein despacha el asunto en cuatro líneas, tal vez como sentía que lo había resuelto en la realidad; Best, en sus diversos relatos del episodio, apunta detalles de ambiente y situación, como corresponde a una observación mucho más atenta a todo lo que pueda contribuir a elucidar un momento de tal trascendencia. El caballeroso manager está tenso y extraño cuando recibe al muchacho; tras unos pocos rodeos, le suelta a bocajarro que sus compañeros han decidido desprenderse de él y poner en su lugar a Ringo Starr, colega y amigo que todos conocen. Preguntado por el motivo, responde que consideran (los músicos, no él) que su forma de tocar la batería no está a la altura del grupo. Best niega tal cosa, pero de nada sirve: la decisión ya ha sido tomada; Ringo (que esos días se halla tocando con su grupo en un campamento de vacaciones y ha sido consultado por teléfono) ha aceptado la oferta y empieza a tocar dos días después; solo piden a Pete que tenga el gesto de cumplir los compromisos restantes hasta la sustitución. Aturdido, como si le hubieran soltado un puñetazo, Best balbucea que sí, que vale, que lo que quieran. Y se va. Para siempre.


Con el paso de los años, Best ha referido hasta la saciedad, en entrevistas, libros y programas de televisión, lo que hizo aquel día: con quién habló y cuánto bebió, cómo comunicó la noticia a su madre y rompió a llorar; después, sus angustias, su asunción de aquel revés traumático; sobre todo, su perplejidad por el silencio sepulcral, eterno, de los antiguos camaradas; por último, su aceptación de los hechos, su lectura moral, con la apreciación madura de la vida sencilla que fue la suya, alejada de éxitos, idolatrías y millones, pero también de turbulencias y abismos. No le salió gratis alcanzar esa serenidad: varias depresiones y un intento de suicidio. Ahora bien: si lo sucedido en la entrevista como tal parece diáfano, cosa muy distinta puede decirse de las razones subyacentes a la decisión, muy drástica si se consideran los antecedentes de Pete con los Beatles. Es este uno de los enigmas mejor guardados de la historia del rock, pese a haber sido escudriñado a conciencia; un enigma que hoy solo una persona, Paul McCartney, podría esclarecer si quisiera. Se ha elucubrado sin fin sobre ello y, en definitiva, solo cuatro factores parecen revestir verosimilitud. Dos son los esgrimidos por los responsables de la decisión; otros dos son los nunca confesados y acaso inconfesables.


Según Epstein, los otros tres Beatles le pidieron que echara a Pete porque no les gustaba su forma de tocar la batería. Dudoso: llevaban dos años tocando juntos, habían grabado en Hamburgo un single muy digno con Tony Sheridan y las cosas iban bien. Como instrumentista, Best era mediano, pero también lo eran entonces los demás (exceptuado Paul, el más versátil e instruido). Si se atiende a las grabaciones, su aportación no desmerece del sonido global del grupo; e igual que todos mejoraron podía mejorar él. Cierto que el productor George Martin, tras la sesión del 6 de junio, había indicado que no estaba satisfecho con la batería y que para la siguiente sesión contrataría a un músico de estudio, cosa que no hizo; pero el propio Martin se ha hartado de repetir que esto era algo frecuente y normal, y que no suponía en absoluto la necesidad de sustituir a Pete como miembro de la banda. De hecho, Martin emitió el mismo juicio cuando, una vez expulsado Pete, oyó tocar a Ringo el 4 de septiembre, y por eso contrató a Andy White para la sesión que tuvo lugar una semana después. La otra supuesta razón radicaría en su personalidad: Pete, según este reproche, sería un tipo retraído y taciturno, que no participaba en el ambiente desenfadado y jovial reinante entre los Beatles. Se ha citado como ejemplo de su supuesta falta de integración el hecho de que no cambiara su peinado por el famoso flequillo y mantuviera su tupé. Pelambreras aparte, el argumento de la falta de empatía es falaz: en primer lugar, quien esto escribe sabe por experiencia que el batería suele ocupar un lugar alejado y discreto, un espacio de fondo (en esto, las maneras dicharacheras de Ringo fueron una excepción); en segundo lugar, parece que Pete, en efecto, alimentaba desde ese segundo plano una imagen algo circunspecta y distante, pero es obvio que esta, lejos de menoscabar su atractivo, lo potenciaba muy notablemente; por último, todas las fotos espontáneas de aquellos años lo muestran en actitud de plena camaradería, partícipe de cervezas, cachondeo y calaveradas.

Los dos motivos inconfesables no tienen nada de original: son la competencia personal y el dinero. Pete era el Beatle más guapo, el que más gustaba a las chicas. Aunque los favores femeninos no escaseaban para los demás, la gran popularidad de Best (casi como subrayada por su propio apellido) podía resultar desventajosa para alguno de los egos que empezaban a desatarse... Por increíble que pueda hoy parecer, en aquel momento el atractivo físico de Best podía, por imperativos comerciales, granjearle una posición de liderazgo, ya que entonces era normal que en los gurpos musicales hubiera una figura central: riesgo más que vertiginoso para John y Paul. El otro motivo, el más delicado y determinante, viene dado por los problemas legales y económicos que, en vísperas de la comercialización de los discos, podía plantear la relación con Mona Best, la madre de Pete. Antes de aparecer Brian Epstein, y gracias a su condición de dueña del local Casbah Coffee Club, Mona había actuado en cierta medida como manager de facto del grupo, organizando el calendario y la intendencia. Todavía en 1962 era frecuente que Brian y ella concertaran remuneraciones, contratos, elección de los lugares para las actuaciones… Mona era una especie de segundo manager en la sombra y, de cara a la fase comercial que se iniciaba, esa figura era incomodísima. De modo que el sacrificado habría sido su hijo, sin vacilaciones, en el momento crucial: cuando, por decir así, la cosa iba en serio. El pacto de silencio y el apego unánime a una versión oficial casan bien con esta motivación.

Cambio de imagen, del cuero a los trajes, entre dos sesiones fotográficas
promocionales: diciembre de 1961 y junio de 1962. Pete mantiene su tupé.

Mona y Pete Best
La casa de Mona Best, sede del Casbah Coffe Club

En suma, todo parece indicar que el juicio adverso de George Martin sirvió esencialmente para justificar y dar carta de naturaleza musical a una decisión que solucionaba de un plumazo, en un momento crítico y para los principales protagonistas, diversos y escabrosos problemas que nada tenían que ver con la música. Con la incorporación de Starr al grupo en la actuación de ese mismo sábado, 18 de agosto de 1962, se cerrará el final del comienzo. Nosotros, con nuestra perspectiva, no podemos disociar de la música de los Beatles la percusión entre abrupta y premiosa de Ringo, en la que predominaron la sencillez y la discreción, pero que conoció momentos de enorme complejidad y brillantez, particularmente en los álbumes Revolver (1966) y Sgt. Pepper (1967). No hay por qué dudar que cualquier baterista de mediana aptitud y cierta capacidad de adaptación, como era Best, habría acompañado con pertinencia la música del grupo hasta ese punto de su avance musical; lo que ya resulta menos probable es que cualquier baterista hubiera evolucionado hacia las cotas que alcanza Starkey en sus momentos de esplendor: la fuerza acerba de “Taxman”; la somnolencia de “I'm Only Sleeping”; el ensamblaje desconcertado y tambaleante de “She Said She Said” y “Rain”; la fuga alucinatoria de “Tomorrow Never Knows”; la trepidación visionaria de “Strawberry Fields Forever”; las figuras caligrafiadas, casi habladas, que pespuntean la escalofriante narración de Lennon en “A Day In The Life”; la exacta profundidad de la percusión en Abbey Road (1969)… Pero si todo ello es ahora materia de pura especulación, más aún lo habría sido en aquel verano de Liverpool, hace hoy cincuenta años.


domingo, 24 de junio de 2012

Con Francisco Brines en Elca

Pronto se cumplirá un año desde que visité a Francisco Brines en Elca. Había avisado al poeta por teléfono, y su voz pausada me había contestado con gentileza: que estaba algo débil, que tenía compromisos y ajetreos, que estaría encantado de recibirme unos días después. En esa breve conversación me transmitió lo que era ya su principal inquietud: marcharse sin causar molestias a sus familiares y allegados. “Si uno ha tenido oportunidad de vivir, y de hacerlo intensamente, justo es que ellos también lo hagan y no esté uno estorbándoles”.

El camino hacia Elca arranca de los confines borrosos del fondo interior de Oliva, donde una zona de talleres, casas chatas y oscuros bares, vecina al polígono industrial, se diluye, cerro arriba, a lo largo de varios caminos asfaltados, que se entrecruzan entre solares indefinibles, bordeados de esporádicas chumberas, fincas clausuradas, carteles comerciales con flechas que se contradicen. Como un emblema de la situación que atraviesa el país, los primeros terrenos están ocupados por fábricas de ladrillo abandonadas: grandes hangares esqueléticos, vastos patios donde se amontonan las cargas de ladrillo para los pedidos que nunca llegaron, altas chimeneas ennegrecidas y retorcidas como cuellos de diplodocus decapitados.

Todo se vuelve frescor, verdor intenso, cuando la carretera se adentra en las colinas, en un oleaje de pinos y naranjos. Los caminos son dudosos, se bifurcan: uno lleva a la mina, otro avanza hacia las lontananzas del mar, otro trepa al cerro. Prefiero llegar a la casa a pie y dejo el coche en el aparcamiento del restaurante El Mistral, bajo los pinos, a bastante distancia de la casa, cuyos accesos he estudiado previamente. El enclave es espectacular: una alfombra de naranjos en cuyo centro se arropa, casi se esconde, la vivienda de Brines, una típica casa de hacienda valenciana, blanca y cuadrangular. La delatan un grupo de altos pinos y un trazado geométrico de palmeras -las únicas en toda aquella extensión- que flanquea toda la pista de acceso: un largo codo que arranca de la carretera y dobla después en ángulo recto. Es un placer acercarse hacia ella por aquellos parajes.



El poeta abre la puerta, ensimismado, como si despertara de una meditación o una siesta; parece haber olvidado nuestra cita, pero pronto cae en ello y me acoge cordialmente. Como la tarde está pronta a extinguirse e imagino que al término de la visita no habrá luz ninguna, le pido permiso para tomarle una foto. “Claro, claro. Verá, soy muy mal posador: cuando me sacan la foto, me quedo en blanco”. Tal vez, o tal vez no, él percibe que me emociona hallarme allí: ese lugar ha inspirado algunos de los más bellos poemas del atardecer escritos en español. No digo nada. Enseguida entramos en la casa, que él, como pronto habré de entender, tiene intención de enseñarme entera. El amplio zaguán, de piso ajedrezado, está amueblado con piezas antiguas y literalmente repleto de pilas de libros y periódicos. El poeta adivina mi impresión, sonríe para sus adentros y, detenido con la mano en el pomo de la primera puerta, me avisa con una frase que intuyo ritual: “Mire usted: del mismo modo que el caracol deja un rastro de baba, yo dejo un rastro de materia impresa. Es así, no tiene remedio”.
  

El poeta está mayor, muy delgado en comparación con la imagen que tengo de él. El lado izquierdo de la camisa le cae con el peso de una cartera o libreta que lleva en el bolsillo. Del zaguán salimos al patio y, desde allí, nos internamos en una serie de espacios que conduce a un almacén; en esa especie de depósito o cámara, según me cuenta, va colocando poco a poco, conforme a un criterio que no sabe explicarme, libros que baja de la gran biblioteca del ático. Atento a encender y apagar las luces, Brines encuentra con increíble solvencia todas las llaves en un abultado manojo. En el almacén, todavía muy vacío, hay libros de toda índole, cuidadosamente ordenados en estantes discontinuos. Me regala un ejemplar de Las brasas, en la edición de Sergio Arlandis; me arriesgo a decirle que es su libro que más me gusta, y dentro de él la serie “El barranco de los pájaros”. Sonríe (como si comprendiera de algún modo ese juicio) y esboza una vaga deixis con la mano para indicar que el barranco es real: “Está aquí detrás”, dice. Aquí detrás: y yo imagino los pinares sucesivos, el corte acaso seco del pedregal, el sudor bajo el plomo fundido del estío, impresiones probablemente arbitrarias e inconexas de ese espléndido poema que resume el breve esplendor de la vida.

La visita continúa escaleras arriba. Sube despacio, frágil y seguro a un tiempo, ayudándose con el bastón y el pasamanos. De vez en cuando se detiene unos instantes para explicarme historias familiares, o la organización de su intendencia; me  cuenta que apenas sale de Elca (antes iba un poco a Madrid, por lo de la Academia); me habla de sus arrechuchos cardíacos, de la muerte que afronta con naturalidad. “Hay que quitarle solemnidad, es un hecho biológico y nada más. De la nada en que estábamos volvemos a la nada, y punto”. El caserón es enorme. Ante cada puerta se detiene, con la mano en el picaporte, para hacer algún comentario sobre lo que le pregunto. Me cita a su paisano Ausiàs March: “La carn vol carn”. Atravesamos salas de estar inundadas de libros y periódicos, otras despejadas y amuebladas en estilo rococó, que claramente no utiliza. En uno de los pisos se halla un gabinete donde se conservan los libros más antiguos y valiosos. Extrae de una vitrina y hojea un Virgilio del siglo XVI, en latín. “Ese sí que era uno de los grandes”, le digo. “Y tanto”, responde. Me muestra una ilustre Historia de Valencia, en la que le hago observar que falta el primer cuadernillo del primer tomo: “Pues tiene usted razón”. Llegamos a una estancia que acoge, perfectamente dispuesta, la alcoba de sus padres, traída desde Valencia. “Ahí fui engendrado”, dice, señalando la cama. En la pared cuelgan los retratos familiares, que fotografío, siempre con su permiso.


Llegamos, por último, al ático, que alberga la descomunal biblioteca matriz. Hay libros por todas partes: en cajas, sobre repisas, encima de pequeñas mesas, apilados por el suelo… Pero el poeta sabe dónde está todo: “Ahí Valle-Inclán; ahí Vallejo, y Neruda en primeras ediciones; aquí Juan Ramón…” Veo el Boletín de la Fundación Federico García Lorca y aprovecho para aproximarme a él de algún modo: le indico que ambos hemos publicado juntos en un mismo número, el 16, de 1994. Además, le señalo que hay una errata gruesa en el título de uno de sus poemas, donde el laurel ha sido cambiado por un ángel. Lo comprueba. “Pues tiene usted razón”. Y van dos. Hablamos de su generación, en la que le confieso que me han interesado sobre todo, por diversos motivos, la voz de Claudio Rodríguez (la celebración), la de José Ángel Valente (la contemplación) y la suya (la elegía). “No olvide usted a Gil de Biedma”. Claro que no lo olvido, pero creo que el valor de su poesía ha sido magnificado por la crítica oficial, pienso sin decirlo. “Solo me interesa la poesía que surge de la vida, que es vida”, resume él. Señalo la presencia del Cossío, y él me confirma su afición a los toros y al fútbol. Todo esto es apabullante. “¿No debería alguien catalogar toda la biblioteca, y sus manuscritos y cartas? No sé, tal vez algún organismo público, alguna Fundación...” La respuesta es obvia: “Imagínese: como si eso pudiera ser una prioridad”.


Nos paramos, por fin, ante un cuadro que recoge, junto con una pintura, una reproducción manuscrita por él del último poema de su último libro: “La última costa”. Me confiesa que está satisfecho con ese poema: le quedó como quería.


Hemos visto todo, aunque sea someramente. Bajamos y nos sentamos en torno a una mesa camilla que hay en el zaguán. Intercambiamos libros, separatas, dedicatorias; nos sacamos una foto con el retardador de mi cámara. Lástima: cuando empezaba lo bueno, y el poeta me preguntaba sobre mis andanzas, me contaba anécdotas de su tiempo y sus amigos, abordábamos sus magisterios, sus ideas poéticas, la poesía actual… tengo que irme. Me invita para una segunda ocasión. Salimos, y Brines está preocupado. “Pero hombre, ahora todo eso está muy oscuro. Debería usted haber entrado con el coche”. “No quería irrumpir de esa manera en un lugar sagrado”, contesto. Sonríe una vez más, entre comprensivo y severo: “La próxima vez no lo dude, venga hasta la casa con el coche”. Me alejo andando por la pista en oscuridad absoluta, sintiendo la presencia alta y estática de las palmeras, iluminando apenas mis pasos con la pantalla del móvil encendido. Antes de girar en el recodo de noventa grados, vuelvo la vista atrás: bajo el tenue farolillo de la puerta de entrada, el poeta permanece inmóvil, escrutando inquieto la espesa penumbra, incapaz ya de ver cómo me fundo a la noche.

LA ÚLTIMA COSTA

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
                Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
                              Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
                                                                 flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
                                     La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.