"No pinto el ser, pinto el pasar", dice Montaigne (Ensayos, III, 2), tal vez recordando a Heráclito. Todo está de paso por este lugar: lo mostrado, quien lo muestra, quien lo ve. Al fondo, la montaña Huangshan, en el corazón de China, por donde anduve deambulando hace unos años. Y conste que, si el título de este cuaderno está en francés, es solo porque en español ya estaba ocupado. En realidad, esa imagen, la montaña vacía, es un lugar común del taoísmo. ¿Y no son estos cuadernos, al fin y al cabo, un lugar común por donde todos transitamos? Lugares comunes, lugares ocupados, lugares vacíos.
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domingo, 30 de enero de 2011

Metasonetos (y 3): Luis Cernuda y Gerardo Diego

Para cerrar por el momento esta serie de sonetos dedicados a exponer reflexiones, ironías, devociones o desafíos sobre el soneto mismo, creo que es interesante recordar, confrontándolos entre sí, dos textos que pueden resultar significativos si se atiende al relieve de sus autores en nuestra historia literaria y al llamativo contraste entre sus respectivos planteamientos, contraste que de algún modo nos remite al ya observado entre otros dos poetas en una página anterior de este cuaderno. Ambos escritores, compañeros de generación y copartícipes en el empeño de renovación poética que inspira la activa escena literaria española en la década de 1920, conocen a fondo la poética clásica y, desde los ángulos más diversos, no dejan de inspirarse en ella. Ahora bien, en este punto de la forma poética del soneto, sus posturas difieren muy notablemente.

Luis Cernuda (1902-1963), buen conocedor de la tradición romántica alemana e inglesa, interesado por la línea paganizante y visionaria que une a Hölderlin con Rilke, a Blake con Yeats, ha iniciado ya cuando escribe esta pieza (recopilada en Vivir sin estar viviendo, conjunto escrito entre 1944 y 1949) la búsqueda de un lenguaje poético heterodoxo, incisivo y refractario a los moldes. Ha fruncido ya el gesto en sus escritos críticos, aun con ecuanimidad profesoral, ante el “formalismo” que impera en la poesía de su tiempo, incluso en la que él juzga más original (Guillén). Ahora, al abordar el soneto, adopta un sesgo humorístico y, como si quisiera llevar a sus últimas consecuencias ese soniquete del “diálogo con la tradición” que tanto abunda en los manuales literarios, textualmente entabla una conversación con el soneto personificado, y éste mismo declara su desfase para encarnar unos nuevos postulados estéticos que, sin embargo, habrán de quedar todavía pendientes de enunciación:



DIVERTIMIENTO

“Asísteme en tu honor, oh tú, soneto.”
    “Aquí estoy. ¿Qué me quieres?” “Escribirte.”
    “Ello propuesto así, debo decirte
    Que no me gusta tu primer cuarteto.”
“No pido tu opinión, sí tu secreto.”
    “Mi secreto es a voces: advertirte
    Le cumple a estrofa nueva el asistirte.
    Ya me basta de lejos tu respeto.”
“Entonces…” “Era entonces. Ahora cesa.
    Rima y razón, color y olor tal rosa,
    Tuve un día con Góngora y Quevedo.”
“Mas Mallarmé…” “Retórica francesa.
    En plagio nazco hoy, muero en remedo.
    No me escribas, poeta, y calla en prosa.”

De Gerardo Diego (1896-1897) no hace falta recordar que fue un consumado sonetista, acaso el mejor de nuestra época moderna. Su perspectiva, expresada en fecha muy posterior a la del poema de Cernuda, es diametralmente opuesta a la de su amigo, y se vierte, a modo de poética, en la composición inicial de un poemario escrito todo él en molde de catorce, Sonetos a Violante (1962). Si cabe o no hablar de una vuelta a las formas clásicas en esta etapa de madurez, es cosa discutible; más bien nunca las abandonó, se nutrió siempre de ellas, pese a sus osados y primerizos escarceos en determinados territorios de la vanguardia, como aquel cuyo liderazgo compartió en beligerante terna con Larrea y Huidobro. El soneto vuelve por sus fueros, o los mantiene; así, la creación en el género clásico se manifiesta sin complejos como un acto espontáneo, de natural congenialidad en la intersección de vida y escritura. No podría escribirse un primer verso que dejara más clara la advocación de los padres Garcilaso y Lope:

SONETO A VIOLANTE

Yo no sé hacer sonetos más que amando.
Brotan en mí, me nacen sin licencia,
los hago o ellos me hacen. Inocencia
de amor que se descubre. Tú esperando,

tú, mi Violante, un sueño acariciando
¿cómo quieres que yo no arda en vehemencia
y por catorce llamas de impaciencia
no exhale el alma que te está cantando?

Si yo he amado volcán, árbol y torre,
si te abraza y te abrasa y te recorre
hiedra envolvente y sangre surtidora,

si eres musa y mujer, pena y secreto,
te he de entregar celoso mi alfabeto
que de ti y de tus labios se enamora.

martes, 28 de diciembre de 2010

Metasonetos (2): chacotas dieciochescas

Decíamos que, de tanto escribir sonetos, hasta nuestros clásicos acabaron por aburrirse y burlarse de esa composición de algún modo reiterativa y banal. En esa línea, los referentes son Diego Hurtado de Mendoza (“Pedís, Reina, un soneto y os le hago”), Baltasar del Alcázar (“Yo acuerdo revelaros un secreto”) y Lope de Vega (“Un soneto me manda hacer Violante”). Los tres textos pueden leerse, por ejemplo, en el cuaderno de Santiago Delgado.

Uno de los muchos y diversos mares que hube de navegar en su día para ensamblar el mamotreto de mi tesis doctoral fue lo que podríamos llamar la poesía o el verso de nuestro siglo XVIII; y una de sus principales recopilaciones es la clásica antología de Leopoldo Augusto de Cueto (en la BAE), bajo cuyo epígrafe de “poetas líricos” se cobijan las más diversas producciones de aquellos decenios tan poco poéticos a nuestros ojos. Pues bien, entre los claros de esa espesa floresta hallé, además de otras múltiples curiosidades y rarezas, cuatro metasonetos claramente inspirados en esa breve tradición que acabo de mencionar. Son textos poco accesibles, de modo que los transcribo aquí a modo de ilustración, frívola y jocosa, de este peculiar subgénero.

No diré más, pero algún día habrá que enunciar y demostrar que, mal que les pese a las periodizaciones de manual, nuestra poesía clásica muestra una notable continuidad en temas, tonos y procedimientos; y que sólo en obras singulares por su calidad y alcance atisbamos una visión original y una impronta significativa de eso que llamamos la época: conglomerado de ideas y creencias, de aspiraciones y ensueños, en permanente mutación.


Tomás de Iriarte, por Joaquín Inza
Tomás de Iriarte (1750-1791)

Ofréceme, tal vez, la fantasía
un concepto feliz para un soneto;
entre escribir o no, discurro inquieto;
siento en mí, ya valor, ya cobardía.

Resuélvome a empezar; mas no querría
que me engañase un ímpetu indiscreto;
y teniendo a los críticos respeto,
ya se acalora el numen, ya se enfría.

Batallo en mi interior, dudo y vacilo;
me hace cosquillas, súfrolas un rato;
escribo un poco, párome y cavilo.

¡Qué tentación! En vano la combato.
Y al fin, ¿qué haré? ­—Para quedar tranquilo,
componer el soneto es más barato.


* * *

Tomás José González de Carvajal (1753-1834)

Voy a hacer un soneto, porque ahora
de sonetos está la musa mía,
que hay quien muda dictamen cada día,
y mi musa lo muda cada hora.

No es mucho ser mudable, si es señora;
y yo, que le conozco la manía,
temo, si me descuido, que se ría
de mí, porque es un tanto burladora.

Pues que si rematando aquel cuarteto
se le antoja una décima u octava,
no hay que acordarse más de tal soneto.

Mas loado sea Dios, que ya se acaba
en añadiendo el último terceto
este verso, no más, que le faltaba.

* * *

Dionisio Solís (1774-1854)

¡En media hora un soneto! ¿A qué cristiano
a tan bárbaro afán se le condena?
¿Y es Filis quien lo quiere? ¿A qué otra pena
me sentenciara un Fálaris tirano?

¿Pues qué, no hay más? ¿O están tan a la mano
los consonantes como en esta amena
margen del Turia la menuda arena
en que tu blanco pie se imprime ufano?

No, cara Filis, mándame otra cosa,
ora de riesgo sea, ora de afrenta;
que a cuanto de mí ordenes me concedo.

¿Pero un soneto, y que por ser tú hermosa
en ello al fin mi necedad consienta?
No, Filis, no, perdóname; no puedo.

* * *

Jerónimo Pérez de la Morena 

DURA LEY DEL SONETO

Dulce calma anunciaban los colores
del iris bello al campo, que asustado
estuvo en la tormenta de un nublado,
temiendo el fin de plantas y de flores.

Alegres ya los tristes labradores,
volvían a tomar el corvo arado;
otra vez se escuchaban en el prado
los cantos de los tiernos ruiseñores.

Salpicada de perlas, parecía
que el cielo con estrellas remedaba
la húmeda hierba que la luz hería.

Todo vida y solaz y amor brindaba…
Mas ¿dónde vas, risueña fantasía?
¿No ves que es un soneto, y que se acaba?

sábado, 18 de diciembre de 2010

Metasonetos (1): José García Nieto y Blas de Otero

No habría aquí, ni mucho menos, lugar para definir y explicar el rango que ocupa el soneto en la poesía occidental. Es, probablemente, su hallazgo más duradero, extendido y representativo. No ha de sorprender, pues, que haya ido elaborándose y desarrollándose, en todas las culturas que lo han incorporado a su tradición, bajo formas infinitas (véase por ejemplo el cuaderno de Ignacio Vázquez).

Soneto cibernético de Cláudio Carvalho Fernandes

De esa infinitud surge el metasoneto, o sea, el soneto sobre el soneto mismo; y de la sonetitis prolongada y profunda que aquejó a nuestras literaturas en su época clásica nace ese género en tono burlón, para pintar la escritura del soneto como el ejercicio de una técnica dominada y de algún modo rutinaria. Pero el metasoneto fue conquistando nuevos terrenos y también llegó a abarcar una reflexión de mayor calado sobre lo que supone una forma poética de tal peso y envergadura en el ánimo del escritor: de este tipo son los que confronto aquí hoy, obra de poetas que conocieron bien y cultivaron mucho el soneto.

El primero es de José García Nieto (1914-2001): “El soneto”, perteneciente al libro La red (1955) y recogido en Taller de arte menor y cincuenta sonetos (1973), de donde lo obtengo. Cuadra bien con la tendencia que seguía la poesía clasicista de los 50 mientras surgían las voces que habrían de darle un vuelco definitivo: Gil de Biedma, Rodríguez, Brines… En la órbita de lo que dio en llamarse “garcilasismo” (en alusión al nombre de una revista), García Nieto declara la asunción emotiva, con tintes trascendentes, del soneto como gozosa cárcel, es decir, como una forma cerrada a la que la expresión poética puede acogerse como a seguro y prestigioso refugio. Se acepta, pues, dulcemente ese espacio como “paredes”, “clausura”, “muro”, “hierro”, “dogal”, en definitiva como construcción o maquinaria perenne, eterna, como atadura, brida o sujeción, que encauza y corrige, dentro de cuyos límites la voz trata de buscar ámbitos de expresión, amparándose en una herencia ilustre. Esto supone, entre otras cosas, la adopción de una métrica clásica y de una estructura estrófica invariable, también en la rima, representado todo ello por esa noción general de “lo que ciñe y lo que doma".



El segundo es de Blas de Otero (1916-1979): “Hagamos que el soneto se extienda”, recogido en Todos mis sonetos (1977). De la breve nota inicial del volumen cabe deducir que se trata de un texto tardío, coincidente en el tiempo con las fases finales de la escritura, en verso libre o versículo, del libro Hojas de Madrid con La Galerna (ahora publicado por Sabina de la Cruz, con prólogo de Mario Hernández). No es casual: su propuesta de apertura métrica y temática coincide con el espíritu y la técnica de ese libro que estaba en parte inédito hasta hoy; el poema ocupa, significativamente, el último lugar del volumen, y además se imprime en bastardilla, como texto de índole especial, programática, como expresión de una poética en trance de realización. Cabe presumir incluso que fue escrito, a modo de colofón o epílogo teórico, cuando el volumen ya estaba hecho. Menciona Sabina de la Cruz, en el prólogo de Todos mis sonetos, este empeño del poeta: “la libérrima voluntad de hacer del soneto no una norma de sujeción, sino un instrumento de la expresividad” (pág. xxii). Y es que la conciencia que Otero tenía del soneto como construcción poética consolidada y susceptible de renovación es muy notable, y buena muestra de ello son los diversos metasonetos que salpican el volumen. Así, en “Secuencia” se identifican métrica y vida; en “Tercer movimiento” se recrea el metasoneto clásico, en el que la definición del género concluye ante las lindes de su propia estructura; en “Su íntimo secreto” se revelan los haceres y saberes del poeta en el cultivo de esa poderosa forma… Seguro que Pablo Jauralde dice algo sobre esto en su antología de Blas de Otero recientemente publicada, que aún no he podido ver; y no cabe duda de que la permanente experimentación a que el propio Jauralde somete el soneto en su escritura poética recoge en parte el testigo del gran poeta bilbaíno.

























Entre los metasonetos de García Nieto (años 50) y de Otero (años 70) media un largo trecho, conceptual, estético, bien revelador de dos posiciones (más complementarias que antagónicas) asumidas ante la tradición clásica en la poesía de la segunda mitad del siglo XX; un trecho que constituye una evolución, una búsqueda, desde la asunción manierista de la tradición al forcejeo con ella en la elaboración de un nuevo lenguaje; un recorrido que se nos transmitió en forma de lectura maniquea entre literatura de signo esteticista y social; un espacio en el que algunos hemos nacido poéticamente y seguimos creciendo todavía.