"No pinto el ser, pinto el pasar", dice Montaigne (Ensayos, III, 2), tal vez recordando a Heráclito. Todo está de paso por este lugar: lo mostrado, quien lo muestra, quien lo ve. Al fondo, la montaña Huangshan, en el corazón de China, por donde anduve deambulando hace unos años. Y conste que, si el título de este cuaderno está en francés, es solo porque en español ya estaba ocupado. En realidad, esa imagen, la montaña vacía, es un lugar común del taoísmo. ¿Y no son estos cuadernos, al fin y al cabo, un lugar común por donde todos transitamos? Lugares comunes, lugares ocupados, lugares vacíos.
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domingo, 30 de enero de 2011

Metasonetos (y 3): Luis Cernuda y Gerardo Diego

Para cerrar por el momento esta serie de sonetos dedicados a exponer reflexiones, ironías, devociones o desafíos sobre el soneto mismo, creo que es interesante recordar, confrontándolos entre sí, dos textos que pueden resultar significativos si se atiende al relieve de sus autores en nuestra historia literaria y al llamativo contraste entre sus respectivos planteamientos, contraste que de algún modo nos remite al ya observado entre otros dos poetas en una página anterior de este cuaderno. Ambos escritores, compañeros de generación y copartícipes en el empeño de renovación poética que inspira la activa escena literaria española en la década de 1920, conocen a fondo la poética clásica y, desde los ángulos más diversos, no dejan de inspirarse en ella. Ahora bien, en este punto de la forma poética del soneto, sus posturas difieren muy notablemente.

Luis Cernuda (1902-1963), buen conocedor de la tradición romántica alemana e inglesa, interesado por la línea paganizante y visionaria que une a Hölderlin con Rilke, a Blake con Yeats, ha iniciado ya cuando escribe esta pieza (recopilada en Vivir sin estar viviendo, conjunto escrito entre 1944 y 1949) la búsqueda de un lenguaje poético heterodoxo, incisivo y refractario a los moldes. Ha fruncido ya el gesto en sus escritos críticos, aun con ecuanimidad profesoral, ante el “formalismo” que impera en la poesía de su tiempo, incluso en la que él juzga más original (Guillén). Ahora, al abordar el soneto, adopta un sesgo humorístico y, como si quisiera llevar a sus últimas consecuencias ese soniquete del “diálogo con la tradición” que tanto abunda en los manuales literarios, textualmente entabla una conversación con el soneto personificado, y éste mismo declara su desfase para encarnar unos nuevos postulados estéticos que, sin embargo, habrán de quedar todavía pendientes de enunciación:



DIVERTIMIENTO

“Asísteme en tu honor, oh tú, soneto.”
    “Aquí estoy. ¿Qué me quieres?” “Escribirte.”
    “Ello propuesto así, debo decirte
    Que no me gusta tu primer cuarteto.”
“No pido tu opinión, sí tu secreto.”
    “Mi secreto es a voces: advertirte
    Le cumple a estrofa nueva el asistirte.
    Ya me basta de lejos tu respeto.”
“Entonces…” “Era entonces. Ahora cesa.
    Rima y razón, color y olor tal rosa,
    Tuve un día con Góngora y Quevedo.”
“Mas Mallarmé…” “Retórica francesa.
    En plagio nazco hoy, muero en remedo.
    No me escribas, poeta, y calla en prosa.”

De Gerardo Diego (1896-1897) no hace falta recordar que fue un consumado sonetista, acaso el mejor de nuestra época moderna. Su perspectiva, expresada en fecha muy posterior a la del poema de Cernuda, es diametralmente opuesta a la de su amigo, y se vierte, a modo de poética, en la composición inicial de un poemario escrito todo él en molde de catorce, Sonetos a Violante (1962). Si cabe o no hablar de una vuelta a las formas clásicas en esta etapa de madurez, es cosa discutible; más bien nunca las abandonó, se nutrió siempre de ellas, pese a sus osados y primerizos escarceos en determinados territorios de la vanguardia, como aquel cuyo liderazgo compartió en beligerante terna con Larrea y Huidobro. El soneto vuelve por sus fueros, o los mantiene; así, la creación en el género clásico se manifiesta sin complejos como un acto espontáneo, de natural congenialidad en la intersección de vida y escritura. No podría escribirse un primer verso que dejara más clara la advocación de los padres Garcilaso y Lope:

SONETO A VIOLANTE

Yo no sé hacer sonetos más que amando.
Brotan en mí, me nacen sin licencia,
los hago o ellos me hacen. Inocencia
de amor que se descubre. Tú esperando,

tú, mi Violante, un sueño acariciando
¿cómo quieres que yo no arda en vehemencia
y por catorce llamas de impaciencia
no exhale el alma que te está cantando?

Si yo he amado volcán, árbol y torre,
si te abraza y te abrasa y te recorre
hiedra envolvente y sangre surtidora,

si eres musa y mujer, pena y secreto,
te he de entregar celoso mi alfabeto
que de ti y de tus labios se enamora.

martes, 28 de diciembre de 2010

Metasonetos (2): chacotas dieciochescas

Decíamos que, de tanto escribir sonetos, hasta nuestros clásicos acabaron por aburrirse y burlarse de esa composición de algún modo reiterativa y banal. En esa línea, los referentes son Diego Hurtado de Mendoza (“Pedís, Reina, un soneto y os le hago”), Baltasar del Alcázar (“Yo acuerdo revelaros un secreto”) y Lope de Vega (“Un soneto me manda hacer Violante”). Los tres textos pueden leerse, por ejemplo, en el cuaderno de Santiago Delgado.

Uno de los muchos y diversos mares que hube de navegar en su día para ensamblar el mamotreto de mi tesis doctoral fue lo que podríamos llamar la poesía o el verso de nuestro siglo XVIII; y una de sus principales recopilaciones es la clásica antología de Leopoldo Augusto de Cueto (en la BAE), bajo cuyo epígrafe de “poetas líricos” se cobijan las más diversas producciones de aquellos decenios tan poco poéticos a nuestros ojos. Pues bien, entre los claros de esa espesa floresta hallé, además de otras múltiples curiosidades y rarezas, cuatro metasonetos claramente inspirados en esa breve tradición que acabo de mencionar. Son textos poco accesibles, de modo que los transcribo aquí a modo de ilustración, frívola y jocosa, de este peculiar subgénero.

No diré más, pero algún día habrá que enunciar y demostrar que, mal que les pese a las periodizaciones de manual, nuestra poesía clásica muestra una notable continuidad en temas, tonos y procedimientos; y que sólo en obras singulares por su calidad y alcance atisbamos una visión original y una impronta significativa de eso que llamamos la época: conglomerado de ideas y creencias, de aspiraciones y ensueños, en permanente mutación.


Tomás de Iriarte, por Joaquín Inza
Tomás de Iriarte (1750-1791)

Ofréceme, tal vez, la fantasía
un concepto feliz para un soneto;
entre escribir o no, discurro inquieto;
siento en mí, ya valor, ya cobardía.

Resuélvome a empezar; mas no querría
que me engañase un ímpetu indiscreto;
y teniendo a los críticos respeto,
ya se acalora el numen, ya se enfría.

Batallo en mi interior, dudo y vacilo;
me hace cosquillas, súfrolas un rato;
escribo un poco, párome y cavilo.

¡Qué tentación! En vano la combato.
Y al fin, ¿qué haré? ­—Para quedar tranquilo,
componer el soneto es más barato.


* * *

Tomás José González de Carvajal (1753-1834)

Voy a hacer un soneto, porque ahora
de sonetos está la musa mía,
que hay quien muda dictamen cada día,
y mi musa lo muda cada hora.

No es mucho ser mudable, si es señora;
y yo, que le conozco la manía,
temo, si me descuido, que se ría
de mí, porque es un tanto burladora.

Pues que si rematando aquel cuarteto
se le antoja una décima u octava,
no hay que acordarse más de tal soneto.

Mas loado sea Dios, que ya se acaba
en añadiendo el último terceto
este verso, no más, que le faltaba.

* * *

Dionisio Solís (1774-1854)

¡En media hora un soneto! ¿A qué cristiano
a tan bárbaro afán se le condena?
¿Y es Filis quien lo quiere? ¿A qué otra pena
me sentenciara un Fálaris tirano?

¿Pues qué, no hay más? ¿O están tan a la mano
los consonantes como en esta amena
margen del Turia la menuda arena
en que tu blanco pie se imprime ufano?

No, cara Filis, mándame otra cosa,
ora de riesgo sea, ora de afrenta;
que a cuanto de mí ordenes me concedo.

¿Pero un soneto, y que por ser tú hermosa
en ello al fin mi necedad consienta?
No, Filis, no, perdóname; no puedo.

* * *

Jerónimo Pérez de la Morena 

DURA LEY DEL SONETO

Dulce calma anunciaban los colores
del iris bello al campo, que asustado
estuvo en la tormenta de un nublado,
temiendo el fin de plantas y de flores.

Alegres ya los tristes labradores,
volvían a tomar el corvo arado;
otra vez se escuchaban en el prado
los cantos de los tiernos ruiseñores.

Salpicada de perlas, parecía
que el cielo con estrellas remedaba
la húmeda hierba que la luz hería.

Todo vida y solaz y amor brindaba…
Mas ¿dónde vas, risueña fantasía?
¿No ves que es un soneto, y que se acaba?

sábado, 18 de diciembre de 2010

Metasonetos (1): José García Nieto y Blas de Otero

No habría aquí, ni mucho menos, lugar para definir y explicar el rango que ocupa el soneto en la poesía occidental. Es, probablemente, su hallazgo más duradero, extendido y representativo. No ha de sorprender, pues, que haya ido elaborándose y desarrollándose, en todas las culturas que lo han incorporado a su tradición, bajo formas infinitas (véase por ejemplo el cuaderno de Ignacio Vázquez).

Soneto cibernético de Cláudio Carvalho Fernandes

De esa infinitud surge el metasoneto, o sea, el soneto sobre el soneto mismo; y de la sonetitis prolongada y profunda que aquejó a nuestras literaturas en su época clásica nace ese género en tono burlón, para pintar la escritura del soneto como el ejercicio de una técnica dominada y de algún modo rutinaria. Pero el metasoneto fue conquistando nuevos terrenos y también llegó a abarcar una reflexión de mayor calado sobre lo que supone una forma poética de tal peso y envergadura en el ánimo del escritor: de este tipo son los que confronto aquí hoy, obra de poetas que conocieron bien y cultivaron mucho el soneto.

El primero es de José García Nieto (1914-2001): “El soneto”, perteneciente al libro La red (1955) y recogido en Taller de arte menor y cincuenta sonetos (1973), de donde lo obtengo. Cuadra bien con la tendencia que seguía la poesía clasicista de los 50 mientras surgían las voces que habrían de darle un vuelco definitivo: Gil de Biedma, Rodríguez, Brines… En la órbita de lo que dio en llamarse “garcilasismo” (en alusión al nombre de una revista), García Nieto declara la asunción emotiva, con tintes trascendentes, del soneto como gozosa cárcel, es decir, como una forma cerrada a la que la expresión poética puede acogerse como a seguro y prestigioso refugio. Se acepta, pues, dulcemente ese espacio como “paredes”, “clausura”, “muro”, “hierro”, “dogal”, en definitiva como construcción o maquinaria perenne, eterna, como atadura, brida o sujeción, que encauza y corrige, dentro de cuyos límites la voz trata de buscar ámbitos de expresión, amparándose en una herencia ilustre. Esto supone, entre otras cosas, la adopción de una métrica clásica y de una estructura estrófica invariable, también en la rima, representado todo ello por esa noción general de “lo que ciñe y lo que doma".



El segundo es de Blas de Otero (1916-1979): “Hagamos que el soneto se extienda”, recogido en Todos mis sonetos (1977). De la breve nota inicial del volumen cabe deducir que se trata de un texto tardío, coincidente en el tiempo con las fases finales de la escritura, en verso libre o versículo, del libro Hojas de Madrid con La Galerna (ahora publicado por Sabina de la Cruz, con prólogo de Mario Hernández). No es casual: su propuesta de apertura métrica y temática coincide con el espíritu y la técnica de ese libro que estaba en parte inédito hasta hoy; el poema ocupa, significativamente, el último lugar del volumen, y además se imprime en bastardilla, como texto de índole especial, programática, como expresión de una poética en trance de realización. Cabe presumir incluso que fue escrito, a modo de colofón o epílogo teórico, cuando el volumen ya estaba hecho. Menciona Sabina de la Cruz, en el prólogo de Todos mis sonetos, este empeño del poeta: “la libérrima voluntad de hacer del soneto no una norma de sujeción, sino un instrumento de la expresividad” (pág. xxii). Y es que la conciencia que Otero tenía del soneto como construcción poética consolidada y susceptible de renovación es muy notable, y buena muestra de ello son los diversos metasonetos que salpican el volumen. Así, en “Secuencia” se identifican métrica y vida; en “Tercer movimiento” se recrea el metasoneto clásico, en el que la definición del género concluye ante las lindes de su propia estructura; en “Su íntimo secreto” se revelan los haceres y saberes del poeta en el cultivo de esa poderosa forma… Seguro que Pablo Jauralde dice algo sobre esto en su antología de Blas de Otero recientemente publicada, que aún no he podido ver; y no cabe duda de que la permanente experimentación a que el propio Jauralde somete el soneto en su escritura poética recoge en parte el testigo del gran poeta bilbaíno.

























Entre los metasonetos de García Nieto (años 50) y de Otero (años 70) media un largo trecho, conceptual, estético, bien revelador de dos posiciones (más complementarias que antagónicas) asumidas ante la tradición clásica en la poesía de la segunda mitad del siglo XX; un trecho que constituye una evolución, una búsqueda, desde la asunción manierista de la tradición al forcejeo con ella en la elaboración de un nuevo lenguaje; un recorrido que se nos transmitió en forma de lectura maniquea entre literatura de signo esteticista y social; un espacio en el que algunos hemos nacido poéticamente y seguimos creciendo todavía.

martes, 30 de noviembre de 2010

De abriles y negruras

Cuando llegué a Luxemburgo en marzo de 1993 para ocupar una plaza de traductor en el Parlamento Europeo, una de las mejores cosas que encontré fue la revista Abril. Tenía entonces esta publicación apenas dos años de vida y era ya, en aquel pequeño mundo, un imán que atraía a todo aquel que llevara en algún lugar del equipaje, amodorrados o despiertos, afanes literarios. Aquella revista de diseño elegante y contenido diverso era un pequeño hogar por cuyos aledaños y estancias circulaba una discreta pléyade de escritores, algunos en ciernes, otros consagrados, procedentes de numerosos países; una casita modesta y seria, multilingüe, con su pizca de atrevida, a la que todo el mundo estaba invitado. Mis mejores amigos en Luxemburgo eran de un modo u otro habitantes de ese entorno, autores o lectores, y la revista ha acogido colaboraciones mías más de una vez. Con el tiempo, y hasta hoy, la andadura de Abril se ha ido consolidando, remansando, expandiendo para hollar territorios poco explorados y abrir nuevos vislumbres en ámbitos de la cultura conocidos o ignotos: catalán, portugués, luxemburgués, literaturas de otros continentes, traducciones poéticas, microrrelato, cine… Pese a los lógicos altibajos y relevos que han traído los años, todo ello ha evolucionado y perseverado sin abdicar de esa concepción inicial. El curioso lector puede ver algo más en la crónica que hace uno de sus fundadores.
                                                                                                              
En el extremo opuesto de la frescura y simpatía que descubrí entre los creadores y seguidores de Abril, lo peor que se me cruzó en Luxemburgo fue el tipo de negro. Personaje abstracto, el tipo de negro es el compendio y epítome de todo lo que yo no quiero que sean mis hijos. Encarna la mediocridad encumbrada que abunda por los andurriales de las instituciones europeas: intelectual impostor, pura presunción y pedantería disfrazada con atavíos de erudición y excentricidad; adulador irredento, siempre deslizándose hábilmente hacia cualquier posición de preeminencia que pueda procurar la proximidad del poder; astuto arribista que, aprovechando la atención indiscriminada que en la pecera de un microcosmos expatriado y autosuficiente se dispensa a cualquiera que haga cualquier cosa, pontifica, gesticula y se prodiga sin que nadie le tape la boca ni le exija el mínimo rigor, literario o profesional, y que hace así acopio de prebendas y encargos; anarquista de pacotilla, sedicente libertario de sueldo más que rebosante, que en las vicisitudes del trabajo colectivo dice a todo que sí y se las arregla para hacer lo que le da la gana, seguro siempre de tener razón, de estar por encima; hipócrita que a la hora de la verdad, cuando la vida pública exige tomar posición y afrontar conflictos, pone cara de no darse por enterado, pero no vacila en atropellar todo principio de verdad y justicia, ni en manipular lo que haga falta, para acomodarse donde el viento sople favorablemente. Todos, sin excepción, se mofan de él o lo denuestan en privado; en público, todos, sin excepción, callan o lo alaban. Nadie sabe por qué.





Y resulta que, en un número de Abril de hace unos años, me pareció que este arquetipo humano había inspirado un soneto que  en su título declara esbozar un perfil "inacabado". De modo que, utilizando la misma forma de versificación que aparece en otras páginas próximas de ese mismo número de la revista, he querido con un estrambote dar cumplida terminación al perfil iniciado en esos catorce versos. Emilio Pascual es el autor del soneto, que me sirve de punto de partida para acabar lo que él no acabó. Considerando que, por su extensión, no sería fácil publicar este estrambote en la revista, he preferido ponerlo en mi montaña vacía.





Estrambote para acabar un perfil

Todos lo maldicen, todos lo odian, pero se precipitan a su encuentro, lo acosan, como si lo apreciasen, como si lo amasen.
               Plinio el Joven, Cartas, IV, ii, 4

—¡Pero si va desnudo! —exclamó de pronto un niño.
H.C. Andersen, “El traje nuevo del emperador”

Mas como en este oficio no se usa
dejar razón cortada e inconclusa,
quiero poner a la egregia persona
con trocaicos metales la corona.

No vio más horizonte que su ombligo,
postizo socio, maniquí de amigo.
Habitó madriguera de falsario,
encubierto en disfraz estrafalario.

Sólo a una religión tuvo querencia
cuyos dogmas resume una sentencia:
no ceder un milímetro de holgura
para atender ajena coyuntura.

No conoció la humanidad de Mencio
ni la que propia declaró Terencio.
Fue libresco Epicuro el suyo, creo:
no hubo en su vida Carta a Meneceo.

Lo de “vive escondido” fue pamplina,
pues buscó honor y aplauso sin sordina.
Donde fácil relumbre daba Europa
uno se lo encontraba hasta en la sopa.

No vi yo en su balcón hierbas ni rosas,
sino señales de otras tristes cosas:
dos palitroques áridos y acerbos,
con atuendo unánime los cuervos.

Fue por su indumentaria ponderado:
sepulcro de betún, no blanqueado.
Rimaba bien su tenebrosa facha
con azabache no, con cucaracha.

De femeninos labios sólo supo
lo que en la mano movediza cupo.
Alguna despistada cayó un día:
bien oí sus tacones cuando huía.

Acudió la insensata por caricias
y sólo frases se llevó facticias:
no en dulces artes, sino en ahuyentarla
diestra fue toda la latiniparla.

Difícil era tener descendencia
vegetando en arrobos de indolencia:
ni visionarios ni enfermos mentales
lo imaginan cambiando los pañales.

Dicen que, penitente el más perfecto,
llevaba algo metido por el recto
y sólo descubría la cabeza
para reverenciar a la realeza.

Buscó arrimo al calor del poderoso,
acomodado en avatar viscoso,
y nunca se apeó de esa blandura
salvo para coger su sinecura.

Se las dio de pacífico y neutral,
pero debisteis verlo al natural:
por conservar privilegio mezquino
no dudó en aplastar a su vecino.

Tomó partido por flagrante abuso,
felicitando al criminal incluso;
firmó escrito maligno y embustero
(con florecita y todo, cuánto esmero).

la florecita
Urdió, sí, pero en muy distinta gama
de la paleta la tupida trama:
para un negro total en la bandera,
las dos tibias quitó y la calavera.

En público mostró melifluo gesto
al prevaricador más deshonesto,
y sin dudar tendió la abierta mano
al vesánico puño del tirano.

Bachiller en traición, en trampas ducho,
trabajó poco aunque cobraba mucho.
Por el ripio llevó senda torcida,
con los dedos contando la medida.

Media estrofa en jirones de una glosa,
un latinajo suelto en casi prosa,
dos elucubraciones prologales:
obras completas y monumentales.

En lingüísticas intervino lides,
y si mi fino veredicto pides,
afirmaré que de la infame turba
es el que las gramáticas más turba.

Digestos se formaron de sus ciencias,
anales fueron sus correspondencias,
por algún arrabal bien difundidas,
por las instituciones aplaudidas.

Usurpó en la farándula intereses,
descuartizó comedias y entremeses,
más de un incauto quedó escarmentado
de las Ardenas a uno y otro lado.

Mas con todo no sé cómo lo hizo:
tan hábil fue su doctoral hechizo
que, no habiendo más nítida impostura,
hoy todavía el trampantojo dura.

Tuvo audiencia proclive al hipnotismo
y, cambiando otro texto por el mismo,
endosó por doquier con fraudulencia
el runrún de una sola conferencia.

La vacuidad hinchada de su viento
le valió prez, honor, predicamento,
las mórbidas poltronas del asueto,
subvenciones, laureles y un soneto.

De otras aberraciones nada digo,
pues, como apunta en su blog un amigo,
sólo el advenedizo halla regalos
y una vez más han ganado los malos.

Pero por fin la anímica esclerosis
o de gandulería sobredosis,
cual pérfido Morfeo a Palinuro,
sumió en oscura noche al Dioscuro.

Murió, sí, rodeado de su gente,
multitud tiesa de papel silente:
fueron en ese trance deudos fieles
los apesadumbrados anaqueles.

Nadie lloró, rezó ni llevó flores,
nadie rememoró tiempos mejores.
Se consumió aterido, absorto, enteco:
no le encontraron ni en el Hades hueco.

Envío:

Fatuo fantoche, fanfarrón farsante:
ya ves cómo domino el consonante.
Fariseo falaz falto de falo:
cae tu careta ante el rimado palo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Beatles en verso (1): "For no one"


De entre las numerosas joyas que habitan el álbum Revolver (1966), "For no one", de McCartney, me ha perseguido siempre con su melancólica belleza. El tema es más bien trivial: se ha producido la ruptura, ella se evade y pasa página; él se atormenta, se resiste a aceptar, recrimina vacíos. Paul había cantado ya los problemas de su relación con la actriz Jane Asher, su novia oficial de 1963 a 1968, y ahora anticipa un fracaso definitivo que en la vida real tardaría aún en llegar. En los lugares habituales de la red puede hallarse la información esencial sobre composición, grabación y crítica. Tan solo añadiré que, de entre las canciones de McCartney, esta era una de las pocas favoritas de Lennon.

El inicio es abrupto, como el despertar que la letra describe, alargado en una sola nota (cosa frecuente en las composiciones de John, no en las de Paul) y con una rima de chasquido entre breaks y aches que sitúa ya toda la meditación dentro de una especie de jaqueca amorosa. A partir de ahí, el acierto de la letra, pese a varias concesiones a la facilidad, reside en el paralelismo de la composición (lo que hace ella, lo que hace él; por la mañana, por la noche), que va esbozando una especie de escena doble, simultánea, contrastante, en la que ciertas reiteraciones expresan lo obsesivo de la situación: una situación mental. La secuencia, insistente como el pensamiento mismo, descansa sobre una línea melódica exquisita, clásica, de esas que sólo Paul era capaz de concebir; avanza sobre un entreverado a un tiempo severo y barroco de piano y clavecín, ambos tocados por el propio Paul; y la voz del cantante es la de aquellos años, pura luz y materia dúctil. La atmósfera se apuntala desde el centro exacto de la pieza gracias a un bellísimo (aquí sí vale el superlativo) solo de trompa, ideado por Paul, puesto en partitura por George Martin y ejecutado con sabia delicadeza por el instrumentista Alan Civil; esa línea de trompa, como el recuerdo, volverá al final para situarse en segundo plano de la última estrofa, en un ostinato que declara ya aceptación, tristeza, fin.

La letra fue traducida primero libremente en forma de soneto (de ahí los comentarios); y ahora, más libremente todavía, en cinco estrofas de tres versos, con una misma rima asonante en los versos primero y tercero de todas ellas.


FOR NO ONE

Your day breaks, your mind aches,
you find that all her words of kindness linger on
when she no longer needs you.

She wakes up, she makes up,
she takes her time and doesn't feel she has to hurry:
she no longer needs you.

            And in her eyes you see nothing,
            no sign of love behind the tears.
            Cried for no one.
            A love that should have lasted years.

You want her, you need her,
and yet you don't believe her when she says
her love is dead: you think she needs you.

[French horn solo]

            And in her eyes you see nothing (…)

You stay home, she goes out,
she says that long ago she knew someone,
but now he's gone: she doesn't need him.

Your day breaks, your mind aches,
there will be times when all the things she said
will fill your head: you won't forget her.

            And in her eyes you see nothing (…)




De mañana y tú venga a darle vueltas,
resuenan sus palabras en la casa
sin ventilar de la memoria llena.

Se levanta, ya no hay prisa, se arregla.
Eso son cosas del pasado, dice,
como si desde siempre lo supiera.

Se hace tarde y tú venga a darle vueltas,
entras en la oficina bostezando,
te duele el corazón en la cabeza.

Sus palabras serán tal vez eternas,
seguirán resonando con un eco
lejano de susurro y de jaqueca.

Pero en sus ojos no quedará huella
de tanto amor: son lágrimas por nadie.
Y se hablaba de boda en primavera.