"No pinto el ser, pinto el pasar", dice Montaigne (Ensayos, III, 2), tal vez recordando a Heráclito. Todo está de paso por este lugar: lo mostrado, quien lo muestra, quien lo ve. Al fondo, la montaña Huangshan, en el corazón de China, por donde anduve deambulando hace unos años. Y conste que, si el título de este cuaderno está en francés, es solo porque en español ya estaba ocupado. En realidad, esa imagen, la montaña vacía, es un lugar común del taoísmo. ¿Y no son estos cuadernos, al fin y al cabo, un lugar común por donde todos transitamos? Lugares comunes, lugares ocupados, lugares vacíos.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Coplas para Mario Hernández

En mi última página de cuaderno del mes de noviembre dedicaba yo unas estrofas a un abstracto personaje que, para entendernos, he llamado el hombre de negro. Pues bien, muy exactamente en las absolutas antípodas de esa figura siniestra se encuentra quien hoy me ocupa, el profesor Mario Hernández, catedrático de literatura en la Universidad Autónoma de Madrid. Y es que hace unos días se le rindió, en un restaurante madrileño, un homenaje con motivo de su prejubilación. De esta reunión de amigos y colegas dan cuenta en sus respectivos cuadernos Pablo JauraldeMaría Estrella Iglesias:
 



Nueva York, 1990. El espíritu de la poesía, en
forma de guilleniana gaviota, sobrevuela nuestras
cabezas y atraviesa las Torres Gemelas.

Diré muy brevemente (porque los versos que siguen dicen bastante) que Mario es un hombre excepcional, como conservado o venido de otra época y de otro mundo exentos de vulgaridad y vileza. Un ser realmente sabio, en el que la poesía resuena como algo vivido, poeta por naturaleza y oficio, de curiosidad vibrante, conocedor de los resortes de la poesía en todas sus dimensiones conocidas o imaginables, amigo y consejero siempre disponible, de trato exquisito, pero sin alharacas, y capaz de una atención generosa, sin desmayo. Los momentos atesorados son muchos: hoy yo me quedo con aquel recitado suyo de Góngora, en pleno trance, metidos los dos en un taxi que atravesaba Manhattan a toda velocidad, bajo la lluvia, mientras yo veía en el retrovisor los ojos asombrados del conductor pakistaní, que, aun hecho a todas las cosas de este mundo, se preguntaba qué coño era aquello que aquel hombre parecía entender tan bien y que tan bien sonaba… Yo me considero su discípulo desde 1982. Y de su poesía, desde mi punto de vista no debidamente valorada, merecerá la pena hablar en otra ocasión.



Guardo todas las copias de poemas y artículos que Mario me ha dado y dedicado
 Como yo no podía asistir a esa reunión tan cordial, compuse, entre burlas y veras, un sonsonete dedicado al maestro y amigo, y pedí a Pablo que lo leyera allí, cosa que hizo, parece ser que con general regocijo. Apunto que opté por una variante exigente de la estrofa manriqueña, con la rima de versos 1-2 y 4-5 en secuencia continua y no alterna (por cierto, el atento lector observará una repetición mordaz con respecto a los versos dedicados al hombre de negro), y con los versos 3 y 6 acabados siempre en aguda, todo lo cual es algo más difícil. Pero esto es como hacer gimnasia, y basta con dejar que el ritmo se suceda mientras los recuerdos, vivos, y la amistad, genuina, lo van ocupando. Así que despliego esos versos aquí, que es donde supongo que deben estar.


MANRIQUEÑAS JOCOSERIAS PARA MARIO
 

Llama el clásico dichoso
a aquel que el estudio ocioso
abrazó
y huyendo el ruido mundano
en retiro soberano
se sumió.

Es circunstancia felice,
o al menos eso nos dice
Cicerón
(claro está que entre cuidados
de innumerables criados:
qué cabrón).

Mario, ha sonado la hora
de estrechar a la señora
libertad,
de abandonar servidumbre
y calentarte a una lumbre
de verdad.

El turbio departamento,
el gramático esperpento
no verás;
el académico fango,
el doctoral ringorrango
queda atrás.

Es el aliciente Alicia,
las honduras de Galicia
verde paz.
No llega hasta allí la turba
que la mente se masturba
contumaz.

Qué importa si en avalanchas
campan libros a sus anchas
por doquier.
Los amigos son selectos,
los autores predilectos,
y a correr.

Lo tuyo es la poesía,
extinguirla no podría
lo demás.
¡Algún poético lance,
soneto, silva o romance,
nos darás!

Y si en este oficio nuestro
se nos va agotando el estro,
tanto da.
Bien sabes que no se usa
pedirle cita a la Musa
(ojalá).

Gustarán tus manos fieles
de los largos anaqueles
el manjar:
no ha de quedar un escolio
ni un inveterado folio
por fisgar.

Jamás estuvo tan fino
todo un Rodríguez Moñino
en sazón.
Tú pones rigor, paciencia,
pasión, tino, inteligencia,
corazón.

Y por no exagerar callo
que ni Menéndez Pelayo
pudo hacer
cuanto con certera pluma
allega, filtra y consuma
tu saber.

Mas el estudio no es todo
en el hernandiano modo
de vivir:
existen goces arcanos
que las fervorosas manos
van a asir.

El barrio de Salamanca
te ofrece vereda franca:
no está mal.
Anda tú de arriba abajo,
y lo demás al carajo,
que da igual.

Por la calle de Serrano
vienes y vas con pie llano,
como dios.
La biblioteca te espera
y han ensanchado la acera:
ya son dos.

Si te topas con el chulo
que se las da de Catulo,
le dirás
que el verso con mucho arte
se lo meta por la parte
de detrás.

Y algún vate desenvuelto
que iluminado anda suelto
por ahí,
si ser Novalis espera,
no vale ni te supera
él a ti.

Pues tú no sólo armonía
quieres de la poesía
escuchar:
también das luz, tiempo, oídos
cuando la vida chirridos
da en sonar.

Así que mi encomio sigo
diciendo que eres amigo
muy cabal,
y que en estos menesteres
también un maestro eres
sin igual.

Lo que yo de ti he aprendido
ni en archivo comprimido
hace pie:
no cabe en verso ripioso
ni en grave y voluminoso
cartoné.

Aula fue cafetería,
clase la mañana fría,
invernal;
pupitre el bar de la esquina,
pizarra la lluvia fina,
sin final.

Si no fuera por las pelas,
no estaría yo en Bruselas
sin ver sol:
gozaría el privilegio
de ir gratis a tu colegio
español.

Al darte a leer el verso,
por favorable o adverso
juicio oír,
colgado estoy de tu gesto
en agónico y expuesto
sinvivir.

Si en el aire línea recta
trazan los dedos… ¡perfecta
nota di!
Mas válgame si los viera
representando tijera…
¡la jodí!

¡Oh delicadeza extrema,
oh sutileza suprema
del juzgar,
nunca loa lisonjera
ni puñalada trapera
asestar!

El mensaje necesario,
el verbo exacto de Mario
oí yo:
ni puso reproche aciago
ni acomodaticio halago
dispensó.

Intermitente paseo,
preliminar carraspeo,
buena lid;
conversaciones cumplidas
por las claras avenidas
de Madrid.

Con ese recuerdo quiero
declararte mi sincero
parabién,
y pedirte que del fruto
compartas hora… minuto…
santiamén.

Porque, como dice alguno,
aquí me tienes ayuno
de piedad:
con todo lo que trabajas
no me das de las migajas
la mitad.

A ninguna nueva excusa,
esotérica o abstrusa,
digo no:
que si el correo electrónico,
que si el latín macarrónico…
qué sé yo.

Te pongas como te pongas,
aceptaré tus milongas
sin chistar,
pues tú eres genio y figura
y yo un chino sin premura
por hablar.

¡Pero no seas tacaño,
mándame un párrafo al año,
por favor!
¡No digo yo que me mimes,
pero tampoco escatimes
tanto honor!

Y así treinta y tres estancias,
más que manriqueñas rancias
—ya lo sé—,
dan en este aniversario
de mi devoción por Mario
buena fe.

Pues eso: allende la Europa,
levantad todos la copa
y apurad.
Ya no os doy más el coñazo
y os mando un enorme abrazo
de amistad.



2 comentarios:

  1. Mientras lo leía me imaginaba a Mario riendo, a media carcajada, y con su peculiar sonrojo. Fácil quererlo, aun cuando no contesta los correos. Pero siempre esta ahí cuando de verdad se le necesita. También me alegro por Alicia. Qué lo disfrute!

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  2. Pingüino, cuando uno llama a Mario o Alicia para dejarles saber que estás abajo, siempre te dicen "espérame en el café de abajo". El café de abajo es el café de Mario. Está entre lo que era, primero "Corte Fiel" y luego "El corte inglés" -- sepa dios lo que es ahora-- y la casa de Mario.
    Desde 1977 que lo conocí, nos encontrábamos allí y luego nos cruzábamos a Vips...Ultimamente les ha dado por llevarme a sitios más sofisticados, pero yo sigo echando de menos Vips!

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